OpiniónPolítica
Mileísmo vs. libertarismo
Milei puede reivindicar al libertarismo, pero gobernar en su nombre no alcanza para convertir cada decisión en una política liberal. El problema aparece cuando la transformación económica avanza sin transición, sin equilibrio y sin medir a quién deja afuera.
Por Damián Córdoba
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Después de tres años de gobierno, y con resultados que en varios aspectos eran bastante previsibles, creo que ya es momento de separar la cuestión ideológica de la comunicación, los slogans y la épica de redes sociales.
Al hueso: mileísmo no es libertarismo.
Este no es un gobierno libertario. Es un gobierno mileísta.
Se puede hacer, salvando las distancias, una analogía con el kirchnerismo y el peronismo. El kirchnerismo se presentó durante años como expresión del peronismo, aunque tenía poco que ver con buena parte de su doctrina original. Perón llegó incluso a expulsar de la Plaza de Mayo, hace más de cincuenta años, a sectores políticos que décadas después serían reivindicados por el kirchnerismo. Cristina Kirchner no necesitaba representar al peronismo histórico: necesitaba apropiarse de su identidad política.
Con Milei pasa algo parecido.
El problema es que el libertarismo argentino está quedando pegado a todo lo que haga Milei simplemente porque Milei se define a sí mismo como libertario.
Y la paradoja llega a niveles bastante absurdos: La Libertad Avanza llegó a plantear judicialmente objeciones para impedir que otras fuerzas utilizaran electoralmente la denominación "libertario". Es difícil encontrar algo menos libertario que pretender apropiarse desde el Estado o desde la Justicia de una identidad política. Ni los comunistas resultaron tan liberticidas.
¿De qué hablamos cuando hablamos de libertarismo?
El liberalismo parte de una idea bastante sencilla: igualdad ante la ley, no igualdad de resultados. La igualdad de oportunidades no significa garantizar que todos terminemos en el mismo lugar. Significa que las reglas deben ser iguales para todos y que el Estado no debería repartir derechos según apellido, religión, raza, sexo, amistad política o pertenencia corporativa.
Si decidimos, por ejemplo, que la educación debe ser subsidiada, una concepción liberal no debería preguntarse quién sos antes de reconocerte ese derecho.
Ese principio está profundamente metido en nuestra Constitución: igualdad ante la ley, derechos individuales, propiedad, libertad de trabajar, comerciar, enseñar, aprender y asociarse.
Por eso la Argentina tiene, al menos en su arquitectura constitucional original, una fuerte matriz liberal.
El problema empieza cuando el liberalismo deja de ser una doctrina sobre los límites del poder y se transforma simplemente en una justificación para cualquier cosa que haga un gobierno que se autodenomina liberal.
Las transformaciones necesarias
Javier Milei está llevando adelante una agenda destinada a modificar profundamente la estructura económica y laboral argentina mediante la apertura económica, la reducción de regulaciones, una menor intervención estatal, la reducción del tamaño del Estado, la reforma laboral y una mayor competencia.
En los papeles, todo eso puede sonar perfectamente liberal.
Pero hay un problema enorme: no podés soltar de golpe a un canario que pasó toda su vida en cautiverio y después indignarte porque no sabe sobrevivir. Se muere. Y ese es, en buena medida, el problema argentino.
Durante décadas construimos una economía cerrada, regulada, impositivamente delirante, laboralmente rígida, plagada de privilegios, subsidios, protecciones, intermediarios y negocios alrededor del Estado.
Pretender desarmar todo eso puede ser correcto. Pretender que sus consecuencias desaparezcan de un día para otro porque ahora "hay libertad" es otra cosa.
La apertura comercial, por ejemplo, no puede discutirse seriamente sin discutir también cómo se hace la transición. No alcanza con decirles a los empresarios argentinos que ahora tienen que competir y "dejar de cazar en el zoológico", mientras de paso se putea a Paolo Rocca o a cualquier empresario que aparezca en la discusión. Acá aparece una contradicción bastante evidente.
El propio Milei explica, con razón, que una misma paritaria puede ser absurda para toda una actividad porque no es lo mismo el Taller Pedro Speed que una fábrica de Ford ni tampoco es lo mismo el Mercadito Marisol que Carrefour.
Entonces debería ser bastante sencillo aplicar exactamente el mismo razonamiento a la reconversión económica.
Un pequeño taller textil no puede despedir cincuenta personas, importar maquinaria nueva, conseguir financiamiento, cambiar proveedores, capacitar empleados, modificar toda su estructura productiva y reinventar su modelo de negocios en noventa días. No tiene espalda, no tiene capital acumulado, no tiene acceso barato al crédito, no tiene un departamento de planificación estratégica y, muchas veces, ni siquiera tiene margen para equivocarse una vez.
Decirle simplemente "reconvertite" es fácil cuando se habla desde un escritorio. El problema es reconvertirse sin fundirse en el intento.
Esto ya lo vivimos
La idea de que una estructura productiva puede reconvertirse compulsivamente porque cambió el esquema macroeconómico no es nueva en la Argentina. Ya la probamos, y terminó bastante mal.
Cambiar una Argentina prebendaria es necesario. Nadie que pretenda una economía normal puede defender eternamente un sistema donde sobrevivir depende de una protección aduanera, un subsidio, una excepción impositiva, un contacto político o una regulación escrita a medida. Pero tampoco podemos fingir que todos los actores económicos llegaron a esta situación en igualdad de condiciones. Hubo empresarios que se hicieron enormes gracias al sistema político. Esos probablemente tengan espalda financiera, contactos, acceso al crédito y capacidad para "reconvertirse", volverse "creativos" o directamente trasladar capital a otra actividad. El pequeño empresario que pasó veinte años peleando contra impuestos, inflación, juicios laborales, regulaciones absurdas y tasas de interés demenciales probablemente no.
Y acá aparece la discusión que me parece más importante: el problema no es cambiar, es cómo cambiar.
La tragedia argentina no es que no exista una salida. La tragedia es que ni siquiera parece estar en el centro del debate político cómo hacer las transformaciones necesarias sin dejar medio país tirado al costado del camino. No estoy hablando de sostener industrias eternamente inviables, ni de cerrar la economía, volver al proteccionismo, al déficit o al Estado empresario. Estoy hablando de algo mucho más elemental: transición.
Y una transición no es una palabra vacía. Supone discutir plazos, crédito, reducción simultánea de impuestos, infraestructura, costo energético, costo logístico, reforma laboral, desregulación, acceso a tecnología y condiciones reales para competir.
Abrir una economía mientras una empresa argentina sigue pagando costos argentinos y compite contra productos fabricados bajo condiciones completamente distintas no es necesariamente liberalismo. Puede ser simplemente shock. Y el shock no constituye una doctrina económica.
El problema político
Lo más desesperante es que ni siquiera hace falta pedirles a estos neolibertarios neomenemistas un ataque repentino de piedad o empatía con la gente que se queda afuera. Alcanzaría con que hicieran cuentas. Cada comercio que baja la persiana, cada pequeña fábrica que cierra y cada persona que pierde su trabajo también vota.
Una transformación económica necesita tiempo político, y el tiempo político necesita legitimidad social. Si destruís esa legitimidad durante el proceso, quizás nunca llegues a completar las reformas que supuestamente viniste a hacer.
Por eso resulta tan difícil entender la ausencia de una estrategia de transición. Tal vez sea soberbia, tal vez sea dogmatismo, tal vez realmente crean que todo aquel que no sobrevive simplemente "no era competitivo".
O quizás exista una explicación mucho más simple y dolorsa: quizás la continuidad nunca estuvo en sus planes; quizás algunos ya consiguieron para sí mismos lo que vinieron a buscar y, si después queda un país mejor, peor o simplemente distinto, será problema del que venga.
